“ El mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia en sí, sino actuar con la lógica de ayer ”
- Peter Drucker
Cuando la Vida Nos Invita a Transformarnos
A veces el cambio llega como una ola suave que apenas roza los tobillos, y otras veces irrumpe como una marea inesperada que descoloca todo lo que creíamos estable. Todos hemos estado ahí: ese momento en el que algo se mueve bajo nuestros pies y sentimos que, por mucho que intentemos sostenernos, el suelo ya no es el mismo. Tal vez fue un cambio en el trabajo, una nueva dirección estratégica, un proyecto transformador que parecía prometedor o incluso una decisión personal que exigía una versión más valiente de nosotros. Y aun así, por más planes detallados, entusiasmo inicial o discursos motivadores, el cambio no siempre llega a destino. A veces se diluye. A veces se rompe. A veces se queda a mitad de camino. Y lo más desconcertante de todo es que suele fallar no por falta de deseo, sino por la complejidad humana que lo habita.
Quién no ha dicho alguna vez, al mirar en retrospectiva, aquello de “lo veíamos venir”, “nos faltó algo esencial”, “en teoría parecía fácil, pero la realidad era otra”. En el mundo organizacional, estas sensaciones son casi universales. Nos enseñan a gestionar proyectos, pero rara vez nos enseñan a gestionar emociones. Nos hablan de metodologías, pero no de personas cansadas, preocupadas o escépticas. Nos invitan a innovar, pero no nos explican cómo acompañar el duelo de lo que se deja atrás. Por eso el cambio, aunque sea necesario, aunque esté bien argumentado, aunque esté lleno de buenas intenciones, puede fracasar.
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